PERIODISTAS ACUSAN SILENCIAMIENTO DESDE EL PODER
El poder nos doblegó. A mí y a quienes también detuvieron ese día. Para su protección, cambié sus nombres, a fin de dar un testimonio que no los ponga en riesgo. Probablemente para los oficiales fui sólo la historia del día, destinado a ser olvidado inmediatamente salí de los juzgados; para mí, fue un golpe de realidad. Una confrontación directa con lo que implica ejercer la profesión que estudio. Independientemente de todo, escribo esto aun con miedo.
1/28/202612 min read
Por Kaleb Marín: Jueves, 15 de enero. Salí de mi casa en bicicleta a las 9:45, aproximadamente. Como de costumbre, tomé la vialidad que está a un costado del río Querétaro y atraviesa la colonia La Sierrita. Una patrulla estatal estaba estacionada de forma perpendicular a la vialidad, y tres oficiales de policía sometían a dos personas de manera violenta. Vi sangre y no dudé en sacar mi celular para documentar lo que pasaba, tomando video a una distancia de aproximadamente cincuenta metros. Vi a Carlos, un hombre de edad adulta, siendo sometido por dos policías: uno encima de él y otro que lo observaba de pie. “¡Mamá, mamá, me quieren detener, mamá!”, alertaba a los vecinos con la voz desgarrada. Los oficiales le respondían con golpes bajos en la espalda y con patadas en las costillas.
Observé que intentaba pararse, correr hacia su casa, pues aún no estaba esposado. La sangre que me había alertado provenía de su boca y de sus rodillas. Otro grito dirigió mi mirada y mi cámara hacia la patrulla. “No estábamos haciendo nada, yo iba a trabajar, esto es injusto”. Un hombre, también de mediana edad, fue esposado e ingresado a los asientos traseros de la patrulla. Era Octavio. Los vecinos ya habían salido a observar, producto de los gritos que lanzaban ambos. El primero era el que más oponía resistencia. Vi de lejos que logró reincorporarse, y coincidió cuando el portón de enfrente se abrió y salió una mujer de edad avanzada que parecía ser su madre. Hubo forcejeo con las autoridades policiacas, ya que Carlos fue inmediatamente tacleado, cayendo sobre su mandíbula y aumentando el flujo de sangre. “Dejen a mi hijo, déjenlo, cerdos”, sollozó la madre al verlo en ese estado.
Cambié mi posición respecto a los hechos para tener una mejor visión. Detuve el video y me acerqué en bicicleta a una de las vecinas que observaba con terror la situación. Volví a grabar, esta vez dando una descripción de los hechos que estaba presenciando. “Estamos aquí en la colonia La Sierrita, son las diez de la mañana, estamos presenciando la detención de dos sujetos. Se desconoce el motivo de la detención, pero existe brutalidad policiaca por parte de los oficiales. Señora, ¿usted sabe por qué está pasando esto?, ¿los conoce?”. “No, yo sólo salí porque escuché los gritos. Son vecinos y los conozco sólo por eso”, contestó la señora, también de la tercera edad. “No puedes estar grabando”, me ordenó un oficial. Dirigí la cámara hacia él; era el “Desobediencia civil”.
La misma reacción. “¿Los tres?” “Sí, los tres”. Murmullos. Ahora no hubo énfasis en que fue porque estaba grabando. Nos dieron una hoja de derechos que se limitaba a testificar si habíamos entendido lo leído, no si se había respetado. La presunción de inocencia, el derecho a un defensor privado o público, el anuncio del motivo por el cual te detenían; todo parecía no ser más que una cruel broma. Hasta entonces, Carlos cedió un poco y finalmente les dio su nombre a los oficiales. Luego se supo el motivo por el cual Carlos no quería proporcionarlo: tenía una carpeta de investigación abierta desde hacía un año. El oficial a cargo de la unidad 4933 se limitó a decirle que él ya sabía por qué único que tenía a la vista su rostro. “Soy prensa, soy reportero”, fue lo único que atiné a decir. De pronto, Octavio se bajó de la patrulla y se metió corriendo a la casa de Carlos. Un oficial joven, cubierto el rostro con una gorra y un “buff”, entró corriendo también tras él. “No se pueden meter a mi casa, cabrones”, gritaba la madre de Carlos. Impulsado por el movimiento de su amigo, Carlos intentó levantarse una vez más, siendo nuevamente sometido en la puerta de su casa. La escena quedó grabada en mi celular, pero también en mi memoria. Carlos, siendo ahorcado con el marco del portón, mientras una bota oprimía su cabeza y cuello contra el borde de metal, era esposado y golpeado. Tosía sangre, se quejaba, gruñía cosas inaudibles. “Déjenlo, dejen a mi hijo, graba, graba esto, Dios mío”, replicó nuevamente la madre, sin saber qué más hacer. No somos delincuentes Inmediatamente salió el policía estatal con Octavio y, una vez que levantaron a Carlos del suelo, fueron contra mí. “¿Quién eres, cabrón? Borra los videos que tomaste”, reclamó el segundo policía, aquel que tenía el rostro descubierto, identificado después como el segundo por las jerarquías que observé más tarde. “Soy reportero”, dije, temeroso de dar mi nombre y de que cobraran represalias. Quiso arrebatarme el celular. “Dame eso, ¿quién eres, cabrón?”, insistió. “No soy nadie, ya, está bien, mejor me voy”, dije al momento en que me acomodaba en la bicicleta. “¿A dónde crees que vas…?” Un brazo comenzó a ahorcarme por detrás. El segundo oficial intentaba arrebatarme el teléfono, a lo que respondí apretándolo con todas las fuerzas que tenía. El primer oficial, al mando de la unidad, con el rostro cubierto con un “buff”, me tomó del otro brazo. Me colocaron una esposa en la muñeca izquierda. “No, está bien, no me voy, con calma”, respondí, asfixiado. “Pues ahora te chingas, ya te cargó la verga, hazte responsable de las mamadas que hiciste”.
Me tiraron de la bicicleta y me subieron a la batea de la patrulla, donde ya estaban Carlos y Octavio. “Mi bici, ¿qué va a pasar con mi bici?”, pregunté sin obtener respuesta. “¡Señora! ¡Señora! No sea malita, guarde mi bici. Al rato yo paso, ya me vio quién soy, guárdeme lo que se me haya caído”, pedí después de ver cómo recogía la cartera de su hijo e insultaba en voz baja a los oficiales. Con la mano libre, guardé mi celular en el bolsillo trasero. “¿Y a ustedes por qué los agarraron?”, les pregunté, resignado, a Carlos y Octavio. “No estábamos haciendo nada. Yo iba a trabajar”, respondió Octavio, alterado. “Yo me salí a barrer, vi a la patrulla y quise meter mi bici, y creyeron que me estaba escapando”, replicó Carlos, con aliento alcohólico. “¿Estaban tomando?”, pregunté. “No, o sea, sí tomé anoche, pero no teníamos botellas ni nada afuera, no estaba en la calle”, respondió Carlos, fatigado. “¿Y tú?”, indagué con Octavio. “Yo iba saliendo para el trabajo, vi que estaban agarrando a mi amigo y les pregunté por qué. Y también me agarraron a mí, pero, cabrón, no somos delincuentes, no estábamos haciendo nada malo”.
Después de eso, también les pregunté sus nombres. Oí cómo empezaron a llegar más unidades. Supongo que como refuerzo por Carlos. “Casi me les pelo, no podían dos conmigo”, anunciaba orgulloso. “Otro poquito más y me meto a mi casa y no la logran”, sonreía, mostrando los dientes repletos de sangre. “¿Por qué los agarraron?”, inquirió a los oficiales uno de los policías que llegó. “Por desobediencia civil”. “¿A los tres?” “Sí, a los tres”. “Yo soy reportero, soy estudiante”, reclamé desde la patrulla. Un cúmulo de miradas se dirigió hacia mí. “Cállate, cabrón, nadie te está preguntando”, dijo el policía joven. Repetí la misma frase al ver que dos oficiales mostraron un gesto de preocupación. Aquel que preguntó la causa de nuestra detención se subió a la batea y dijo: “A ver si es cierto, enséñame tus credenciales”. Como pude, saqué de mi bolsillo la cartera y mi credencial de estudiante. “Trabajo para Tribuna de Querétaro, soy estudiante”, repetí. “Cállate, ya estás aquí, ya te chingaste.
Tienen derecho a guardar silencio, todo lo que digan será usado en su contra”, sentenció para todos. Bajó de la unidad 4933 y ordenó que despejaran el área para que pudiera salir. “Bórralo o te carga la chingada” Nos movilizaron al estacionamiento trasero de la Bodega Aurrera de Tlacote. “Tú eres el que más va a valer verga por andar tomando fotos y videos, cabrón. Voy a hacer que te cargue más la chingada a ti en la Fiscalía”, amenazó el tercer policía, el más joven, refiriéndose a mí. Nos tomaron fotografías sentados y esposados, y nos pidieron nuestra información personal: nombre, domicilio, fecha de nacimiento, ocupación, estado civil, entre otras. Carlos, el más violentado, hacía hincapié en su derecho a guardar silencio. “Te hablo, pinche chillón. ‘Ay sí, mami, mami’. Pendejo. Otro poquito más y me llevo también a tu jefa”, dijo el mismo policía joven. “O nos dices tu nombre ahorita, o allá en la Fiscalía te lo vamos a sacar a chingadazos, tú decides”. Silencio. “Te hablo, wey, no te hagas pendejo”, reclamaba el primer policía, con un golpe en la cabeza hacia Carlos. Vi llegar otra unidad, la 6108, también de la Policía Estatal.
Se bajaron otros dos oficiales: uno portaba un arma larga; el otro era el mismo que llegó de apoyo cuando estábamos en La Sierrita. Parecía ser el jefe directo de las unidades. “Bájalo”, le dijo al segundo oficial, refiriéndose a Octavio. Desde que nos detuvieron, Octavio insistía en que era inocente, que no estaba haciendo nada, que le aflojaran las esposas porque le estaban lastimando; que su única equivocación fue ir a trabajar y asustarse; que era humano y se asustó, que lo entendieran. Más de una vez lo amenazaron con partirle su madre si seguía hablando. “Contra la patrulla. ¿Traes algo que te comprometa?” “No, oficial, nada”. Sacaron sus llaves, una lima de soldadura, dos lápices bicolores y una pleca. “Soy soldador, yo nada más iba a trabajar” Mismo procedimiento para mí.
Nos tomaron una foto de cuerpo completo y nos esposaron nuevamente en la parte trasera de la patrulla. “No nos traten como delincuentes, no hicimos nada, yo soy soldador del pueblo”, recalcaba Octavio. “Y yo soy policía. ¿Te aplaudo, te hago un mole o qué, cabrón?”, replicaba el superior de la 6108. “¿Y a este por qué lo agarraron?”, preguntó nuevamente mientras me señalaba. “Estaba grabando”. “¿Son tus amigos?” Negué. “¿Entonces por qué andas haciendo mamadas?”. Pasó una media hora en lo que decidían qué hacer; el superior hizo llamadas por teléfono y nos tomaron los datos personales por cuarta o quinta vez. El oficial de la 6108 mandó a llamar al primer y segundo policía de la unidad que nos detuvo, y observé de reojo que platicaba con ellos seriamente. Llegó otra patrulla, pero de la Policía Municipal. “Me habló el jefe”, dijo el superior mientras se acercaba al policía joven. “Bájalo”, ordenó, señalándome a mí. Me apartaron y me rodearon cinco policías. “Mira, cabrón, y escúchame con mucha atención. Tú sabes que lo que hiciste estuvo mal. Estuvo mal. No debiste andarte metiendo en asuntos que no te importan.
Además, no te identificaste correctamente; debes portar un gafete con tu credencial, con los datos de la institución para la que trabajas. Nada más por eso te podemos llevar a la Fiscalía”, aseguraba el superior de la 6108. “Oficial, soy estudiante; para el medio en el que trabajo no nos dan una credencial como tal…”. “No me importa ni me interesa. Tienes de dos y quiero que me escuches bien. O me borras ahorita los videos que tomaste, pero todos, inclusive si los mandaste a otra parte; y, con suerte, te llevamos a un juzgado y allá nada más te dan una llamada de atención… O ahorita te sembramos una razón para que vayas a parar directito a Fiscalía y te chinguen más que a esos dos. Si se te ocurre publicarlo, ya tenemos tus datos, ya sabemos dónde vives, entonces tú eliges”. “¿Hay posibilidad de que me pueda ir después de borrar los videos? Tengo escuela”, pregunté. “No. A la escuela ya no llegaste, wey. Vas, bórralos”. Abrí mi galería y los borré. “También la papelera, no te hagas pendejo”.
Lo hice. “Que sea la última vez que andas haciendo mamadas así; si no, de verdad, ya te tenemos bien ubicado y en cualquier momento te va a cargar la chingada. Ponte verga”. Juzgados de papel Me regresaron a la parte trasera de la camioneta. La unidad 6108 arrancó y se fue; detrás le siguió la patrulla municipal. Sobre la batea estaba temblando de frío, al igual que mis congéneres. Octavio me distrajo de la frigidez. “No mames, ahí va doña Betty, y va con sus hijas, chingada madre…”. Pasaron cinco minutos cuando volvió a hacer otro comentario similar, al pasar una señora en bicicleta que se nos quedó mirando. “Mmmmta madre, y ahí va Leticia, pinche vecina chismosa. No, hombre, es que me cae que tantito pasa algo en el barrio y luego, luego todo mundo se entera. Qué vergüenza…”. Apareció un joven en motocicleta, a unos doscientos metros, que veía constantemente su teléfono y puso nervioso al primer oficial, quien estaba al mando de la unidad 4933. Se comenzó a acercar a él para intimidarlo. “¿Le doy 18, pareja?”, dijo el policía joven, también alerta. “No, déjalo”, respondió confiado el segundo oficial. De lejos miré que lo interrogó, revisó la placa de su motocicleta y le dijo que se fuera. Aparecieron un par de señoras también, pero no distinguí quiénes eran. Después supe que era la mamá de Carlos, que preguntó a dónde nos llevarían, a lo que el superior de la 4933 le respondió que no nos habían encontrado nada, así que nos iban a soltar. Sólo yo corrí con esa suerte más tarde. “Ya notificaron que se van para Santa Rosa Jáuregui”, dijo el segundo policía. La carretera fue un martirio; llegamos helados. Nos bajaron y las violencias cesaron casi inmediatamente al ingresar a las instalaciones del juzgado cívico; mas no las negligencias. Salió el juez a preguntar lo mismo que el superior de la 6108 había cuestionado momentos antes: por qué nos detuvieron. había sido detenido, pero quería que le dijera específicamente qué delito había cometido, a modo de humillación. A Octavio y a mí nos pasaron a la misma audiencia, pero el registro no fue al mismo tiempo. Fui el primero en pasar, cuando me indicaron que tenía que sacar mis cosas de valor, mi cinturón, mi dinero y mis agujetas. Me tomaron fotografías de perfil y de frente, y estaba en proceso de despojo cuando el juez salió a aclarar con sus subordinados. “A este no lo vamos a meter a celdas, no hizo nada, nada más estaba grabando”. Mi pecho dio un suspiro. “Recoge de nuevo tus cosas y salte hasta que te hablen”, me indicó uno de los trabajadores. Una breve entrevista con una psicóloga (para saber si era una persona en situación de calle) y otro cuestionario de un servidor público (para saber si me habían violentado) antecedieron a la audiencia. Ninguno sirvió de nada. Tenía la esperanza de que iba a salir ese día. Inclusive, de que no iba a ser juzgado como culpable. Se nos hizo pasar a un salón con un estrado, dividido en dos por una columna. Sentí miedo otra vez. Esta vez, enfrentado a nuestros agresores sin violencia, pero desde el poder. El poder de no poder. Momentos antes de que empezara el juicio, yo ya tenía una sentencia. “A uno lo vamos a mandar a liberación para Huellitas; a otro lo vamos a mandar a separos ocho horas, para que me vayas haciendo los documentos”, informaba a una secretaria que estaba a su costado. Agridulce. No tuve defensor. Todo eso era protocolario. No importaba lo que iba a escuchar el juez; ya tenía la decisión tomada. Un juzgado hecho de papel. La audiencia comenzó con el superior de la 4933 argumentando que se encontraba haciendo un recorrido de rutina cuando distinguió a lo lejos a Octavio, notó una conducta evasiva y eso lo alertó. Se bajó de su unidad para verificar si todo estaba bien y el sujeto sospechoso no quiso cooperar para una revisión, por lo que lo puso a disposición de las autoridades.
Todo eso bajo un lenguaje técnico que, si bien era específico, carecía de verdad. “Aquí tenemos a dos detenidos”, replicó el juez. Comenzó la lectura de la otra acta. De mí señalaron que me preguntaron si era reportero y yo dije que no; que me acerqué demasiado; que interrogué a los oficiales sobre lo que estaban haciendo cuando sucedieron los hechos y que eso puso en riesgo la integridad de los detenidos y de los oficiales. Que me pidieron que me retirara y que no lo hice. Ahí la desobediencia civil. Al momento en que nos tocó hablar a Octavio y a mí, no importó nada. Yo conté la historia que acaban de leer, tal cual la he contado en este espacio; sin embargo, el juez golpeó mi realidad con su verdad absoluta y definitiva. Cuando comenté sobre los videos y cómo se me pidió borrarlos, me dijo que no podían hacerlo porque era mi propiedad privada, que era libre de grabar en la vía pública y que, por ende, el material era de mi propiedad; pero sobre las amenazas sólo dijo que no era tema de su competencia y que únicamente le correspondía declararme inocente o culpable, que en dado caso yo podía hacer mi denuncia en los organismos correspondientes. Sobre los contrastes entre mi versión histórica y la del oficial, me refutó fácilmente. “El oficial es un servidor público y, por ende, debe dirigirse bajo los preceptos del honor, la verdad y la justicia. Por ende, su testimonio tiene mayor valor y peso que el tuyo, pues sé que él me está hablando desde la verdad”. Me regañó por una falta administrativa que no cometí, me citó un fragmento de la Ley de Protección de Datos Personales y nos sentenció con el mismo veredicto que le dijo a la secretaria antes de empezar.
Cuando salí del edificio vi a Carlos con la camisa rota, abierta de par en par. Tenía golpes en el torso y respiraba con dificultad. Parecía como si, en nuestra ausencia, lo hubieran lastimado más. Me senté mientras esperaba mi acta administrativa y se me acercó el segundo oficial. Me susurró: “A ver, así como están, diles ‘por favor’. Diles que se suban a la patrulla, a ver si te hacen caso. Ándale, diles. ¿Ves, pendejo? ¿Verdad que no? Para que dejes ya de andar haciendo tus mamadas. Para ver si a la próxima ocasión sigues jugándole al vergas. Para que aprendas. Acuérdate que ya sabemos quién eres y, si no aprendiste, a la mala te vamos a hacer entender”.
